Sara Bascompte y Albert Clanchet son los impulsores de Panoli, un proyecto agrícola que combina respeto por el campo y pasión por la tierra. Ella es técnica de enoturismo y oleoturismo y él, tractorista, pero su verdadera vocación es ser productores de aceite y vino ecológicos. Juntos gestionan siete hectáreas de olivos y una hectárea de viña repartidas entre diversos municipios del Parque Rural del Montserrat y el Parque Agrario de la Cuenca de Ódena. Concretamente, tienen campos en La Pobla de Claramunt, Abrera, Esparreguera, Els Hostalets de Pierola y su pueblo, Olesa.
Son agricultores por amor a una forma de vivir y por la satisfacción que les genera la autosuficiencia: elaborar su propio vino y aceite les llena de orgullo y les conecta con los ciclos de la naturaleza. Su juventud y no haber heredado tierras les ha llevado a una tarea fundamental para la gestión forestal: recuperar campos abandonados de olivos y viñas. Con esfuerzo y cuidado, están revitalizando fincas que, más allá de la producción, pueden actuar como cortafuegos naturales en caso de incendio.
Albert, de 33 años, valora la libertad de trabajar al aire libre, a su ritmo, y poder manejar la maquinaria del campo. El recuerdo de su abuelo agricultor, a quien admiraba mucho, le llevó a estudiar Producción Agroecológica en la Escuela Agraria de Manresa para dar continuidad a ese legado. Sara, de 36 años, tiene una motivación diferente pero igualmente profunda: encuentra sentido a su trabajo cuando ve que contribuye a cuidar la naturaleza. Disfruta especialmente podando olivos: de hecho, la encontramos subida a un árbol con la motosierra en las manos, concentrada y serena. Cuando la saludamos, nos explica la importancia de esta tarea para proteger el bosque. Su aceite y vino, que elaboran con criterios ecológicos, son fruto de una gestión consciente del territorio, aunque no están certificados.
Sara nos habla del origen del nombre del proyecto. Albert propuso llamarse «Paloli», porque trabajan la variedad de aceituna Palomar, y ella respondió riendo: «¡Tú sí que eres un panoli!». De ahí nació Panoli, un nombre que juega con la contracción de «pan con aceite», pero también ironiza sobre los inicios de unos jóvenes inexpertos que se atrevían con la agricultura. Cuando los conoces, sin embargo, te das cuenta de que son todo menos simples: desprenden energía, determinación y vocación reivindicativa. Sara, que estudió Sociología e Ingeniería Industrial, se decantó finalmente por la agricultura, y ahora uno de los retos que más le preocupa es conseguir que Panoli sea sostenible económicamente. Lo demás ya lo tienen, solo les falta consolidarse. Para facilitarlo, reclaman apoyos claros de las administraciones.
De la curiosidad al proyecto de vida
Sara, ¿cómo llegaste a la agricultura?
Llegué por casualidad. Cuando conocí a Albert, un día me llevó a un campo de unas ochenta olivas que tiene su familia, y allí me picó la curiosidad. Más adelante, cuando ya salíamos, fuimos a recoger almendras en otro terreno familiar. Lo pasamos tan bien que me dijo: «¡Ahora toca la aceituna!». En 2015 empezamos a cuidar los primeros olivos y así, jugando y entreteniéndonos, encontramos nuestra manera de vivir. La agricultura es nuestro estilo de vida.
«Empezamos a cuidar los primeros olivos y así, jugando y entreteniéndonos, encontramos nuestra manera de vivir» Sara Bascompte
¿Cuándo visteis que esto había dejado de ser un juego y se convertía en vuestro trabajo?
Vimos que empezábamos a producir bastante aceite y que la cosa iba más allá de repartirlo entre la familia. Pero estábamos muy limitados en número de olivos. Así que me puse a colaborar con un agricultor del Parque Rural del Montserrat, Josep Soteres, para aprender más y conocer el territorio. Con él comprendimos que no hacía falta tener tierra en propiedad, que se podía tener arrendada o cedida.
A la hora de acceder a la tierra, ¿tuvisteis en cuenta el banco de tierras del Parque Rural del Montserrat?
Nos costó bastante acceder a más tierras. Pero gracias a la cooperativa de trabajo El Montserratí conocimos a más productores, que nos conectaron con el banco de tierras del Parque Rural del Montserrat. En paralelo, conocimos a Ernest Negre, un agricultor de Esparreguera que se convirtió en nuestro mentor. Colaborando con él aprendimos a podar y a producir más aceite. Fue muy bonita la relación con Ernest. A los ochenta años, ya no podía trabajar en las alturas ni subirse a según qué olivos. Pero cuando íbamos nosotros, se atrevía más.
Fuimos ganando acceso a la tierra a medida que la gente nos iba conociendo y confiaba en nosotros. Pensad que somos jóvenes y tenemos un estilo de vestir «poco campesino»... Primero conseguimos campos abandonados, muy difíciles de trabajar, y después ya llegaron campos más llanos, fáciles y productivos. Hemos ido obteniendo tierras a través del boca a boca y gracias a los contactos de Ernest. Veían a una pareja de jóvenes encaramados a los árboles, con energía y ganas, ¡y eso no se podía dejar escapar! Más recientemente, hace un par de temporadas, el banco de tierras también nos ayudó a obtener un campo en Abrera.
En 2021, sumáis la elaboración de vino al proyecto. ¿Qué os lleva a abrir el camino de la viticultura?
Empezamos a trabajar la viña para completar el mosaico agroecológico: pensamos que es el proceso natural de un agricultor. Cuando abrimos la ventana de casa, nos gusta ver la viña, el olivo, los campos de trigo y el bosque. Si ahora nos hicieran hacer un dibujo del Mediterráneo, dibujaríamos campos de trigo, olivos y viñas, ¿no? El pan, el aceite y el vino son los básicos de nuestra alimentación y, además, cultivos complementarios en cuanto a los períodos de trabajo.
Los que nos dedicamos al olivo tenemos las pausas necesarias para trabajar la viña, y a la inversa. El tipo de trabajo de ambos cultivos requiere una maquinaria similar. Hay también otro aspecto: en cuanto a la economía, no queríamos poner todos los huevos en la misma cesta, como pasaría si nos dedicáramos solo al monocultivo del olivo. En definitiva, queríamos diversificar no solo el producto, sino también el paisaje.
«Empezamos a trabajar la viña para completar el mosaico agroecológico: pensamos que es el proceso natural de un agricultor» Sara Bascompte
¿Vuestros consumidores valoran este aceite y este vino de proximidad, elaborados con variedades arraigadas?
La gente valora el aceite que producimos, seguramente por el lugar donde iniciamos nuestra actividad. Empezamos a ser olivareros en Olesa de Montserrat, un municipio que lleva este alimento en el nombre. Aquí el aceite no solo es de altísima calidad, sino que también es un símbolo de identidad. Si hablamos de variedades, tenemos la Vera, con un carácter acostumbrado a vivir en zonas boscosas; la Palomar, que solo se cultiva en Olesa, donde todas las fincas de olivos están en pendiente; o la Bacaruda, habituada a lugares más llanos. Todo esto nos explica cosas que van más allá del dinero.
Con el vino lo tenemos un poco más complicado, porque la ciudadanía se ha olvidado de que aquí también éramos tierra de vino. Es más fácil vender vino en el centro del Penedès que en Esparreguera u Olesa. Ahora bien, hay que trasladar a la gente que el consumo de proximidad es importante: de hecho, es la única manera de mantener a los agricultores en activo. Cuando compran aceite y vino del Parque Rural del Montserrat, están protegiendo el territorio. Si todo el mundo consumiera productos de sus vecinos, no habría ni un trozo de territorio sin cuidar.
«Aquí el aceite no solo es de altísima calidad, sino que también es un símbolo de identidad» Sara Bascompte
Proteger el bosque con agricultura
Vuestros olivos y viñas están entre bosques y núcleos habitados, en un territorio donde la masa forestal ocupa el 73% de la superficie, los cultivos el 17% y el suelo urbanizado el 10%. ¿Qué papel crees que juegan vuestras fincas en este mosaico agroforestal, clave para la prevención de incendios?
Nuestra tarea es muy importante por dos razones. Por un lado, porque damos un alimento de primera calidad a las personas; y por otro, porque gestionamos el territorio. Actualmente, Cataluña es un polvorín: estamos perdiendo masa agrícola y, en paralelo, estamos ganando bosques y matorrales que están abandonados. El país podría arder de punta a punta, y en parte sería porque los agricultores estamos muy desatendidos. Nos cuesta mucho sacar adelante el trabajo, y no se tiene suficientemente en cuenta que nuestra tarea es fundamental para cuidar el territorio.
Un amigo agricultor me decía que arrancaría su terreno y plantaría en superintensivo. Nosotros le respondimos que no todo se tiene que enfocar en la rentabilidad económica. Pero es cierto que su proyecto es rentable y el nuestro no.
«Nuestra tarea es muy importante por dos razones. Por un lado, porque damos un alimento de primera calidad a las personas; y por otro, porque gestionamos el territorio» Sara Bascompte
¿Qué os mueve más allá del enfoque productivista?
Para nosotros, es importante dejar un legado de recuperación. Cuando era pequeña, con mi hermano, paseábamos por este campo donde estamos ahora y, mirando los olivos, ya pensábamos que eran superiores a nosotros... ¡Y mira, ahora estamos aquí trabajándolos! Poder cuidar árboles que ya vivían antes de nosotros y que seguirán aquí cuando nosotros ya no estemos tiene un valor que va más allá de la producción. Nos gustaría dejar esta huella para el futuro.
Cuando veis brotar con fuerza olivos que antes habían estado abandonados, ¿qué sentís?
El olivo engaña mucho y no te puedes dejar deslumbrar. Lo ves brotar y está maravilloso, pero entonces caen las hojas de atrás. Pero sí, cuando le vemos un buen crecimiento nos da mucha satisfacción, porque significa que está levantando cabeza. Después de la cosecha, es un momento muy débil porque le acabas de quitar el fruto. Notas que está estresado, se ve arrugado y finito. En invierno el árbol baja su actividad. A partir de febrero-marzo ya vuelve a recuperarse.
Si estos olivos, que son memoria, pudieran hablar, ¿qué nos dirían?
Nos explicarían de todo. Por ejemplo, que después de la Guerra Civil en Olesa de Montserrat se arrancaron muchos para poder calentar las casas. Cuando llegó la industria textil, fueron talados para obtener combustible para las fábricas. Y nos relatarían un hito que ha quedado marcado en la memoria de la agricultura: la helada de 1956, que los mató a todos. Los olivos que vemos ahora son rebrotes que los agricultores, con mucho esfuerzo, sacaron adelante. A la vez pienso que, si los olivos hablaran, nos darían las gracias por no rendirnos y cuidar de ellos. Me da pena, y me emociono pensando que un olivo se tala cuando no produce suficiente. ¡Tiene vida! Los olivos no son solo este territorio físico, la parte bonita del mosaico agroforestal: también hablan de nuestra identidad.
Vivís y trabajáis en una zona con diversos núcleos de población cercanos. ¿Recuerdas algún incendio donde los campos de cultivo actuaron como cortafuegos verdes?
El último incendio importante aquí fue en 1995, cuando se quemó todo Montserrat. En aquel momento, el fuego se detuvo en muchos lugares donde había cultivos... Si hubiera habido más mosaico agroforestal, seguramente el impacto no habría sido tan devastador.
Entre la vocación y la viabilidad económica
Vuestras fincas están situadas en el Parque Rural del Montserrat, principalmente. ¿Qué contacto tenéis con las iniciativas del parque?
Al principio contactamos con el banco de tierras, que fue útil para conocer a otros agricultores de la zona y acceder a un olivar en Abrera, pero la mayoría de nuestras fincas las hemos conseguido gracias al boca a boca. Además, nosotros no nos dedicamos profesionalmente, sino que trabajamos en otros empleos y dedicamos nuestro tiempo libre a lo que verdaderamente nos gusta, que es la agricultura.
Yo trabajo de técnica de enoturismo los fines de semana en Can Calopa de Dalt, de la cooperativa l'Olivera, y eso me deja el resto de la semana para podar viña y olivos, y hacer la cosecha. Y Albert trabaja de tractorista de lunes a viernes y los fines de semana juega con máquinas grandes y hace de agricultor, ¡je, je, je! Como decimos a veces, trabajamos fuera de casa para mantener el capricho de ser agricultores... Ya nos gustaría poder centrarnos solo en nuestro proyecto, pero hacerse agricultor profesional es muy caro y ya hemos visto cerrar muchos proyectos por no poder sostener esta profesionalización.
Esta situación hace que no podáis optar a muchas ayudas. ¿Qué pedirías a las administraciones para mejorar la viabilidad del sector?
Tienen que ser realistas. Hay observatorios que dicen que se necesitan diez años para hacer viable una explotación agraria. Y, aun así, nos piden que en cinco años seamos rentables para poder acceder a subvenciones como la de primera instalación de jóvenes agricultores, que otorga la Generalitat de Catalunya.
Si quieren mantener el producto de proximidad y de calidad, las administraciones tienen que pisar el territorio y escucharnos para saber cuáles son nuestras necesidades reales. Que no nos prometan reducciones de burocracia que después no llegan. La gran mayoría de agricultores superan los setenta años y no les podemos exigir una digitalización que no pueden asumir. Y si la gente mayor abandona, se dificulta el acceso a la tierra. En Panoli hemos trabajado en campos de olivos que llevaban mucho tiempo abandonados y hemos podido recuperarlos porque son árboles longevos. Pero, en el caso de la viña, el proceso de abandono no es reversible: si no la cuidas, la pierdes.
«Las administraciones tienen que pisar el territorio y escucharnos para saber cuáles son nuestras necesidades reales» Sara Bascompte
Se habla mucho de los proyectos que empiezan, pero no tanto de los que cierran. ¿Por qué crees que cierran?
Los proyectos mueren porque llevarlos adelante es muy exigente. Lo es físicamente y también porque en determinadas temporadas hay que estar muy implicado. Si fallas en estos momentos críticos, pierdes todo el trabajo del año. Eso hace que sea difícil mantener el ritmo del campo. Y después, burocráticamente, es insostenible: necesitas tener una persona gestora, pero a menudo no la puedes asumir económicamente. El problema tanto del olivarero como del viticultor es que produces una vez al año. Nosotros no generamos suficientes ingresos para asumir los costes de autónomos y papeleo. Por eso vemos morir tantos proyectos familiares.
A pesar de la existencia de muchos proyectos pequeños y medianos como el vuestro, en Catalunya cada vez hay más concentración de tierras en pocas manos: el 10% de los propietarios acumulan el 56% de la superficie agraria. ¿Qué piensas de esta tendencia?
La normativa te lleva a reforzar el modelo de concentración de tierras en grandes empresas y al manejo intensivo, con mecanización... Te lleva a volver al modelo de los grandes terratenientes, de grandes propiedades concentradas. ¿Quién puede ser dueño de tantas hectáreas? La gente que tiene muchas, se tiene que dedicar a gestionar personal. ¡Yo lo quiero hacer todo! Estoy de acuerdo en tener ayuda durante la cosecha, pero no quiero contratar a gente para que me pode los olivos. Además, la burocracia te fija unos mínimos de hectáreas o producción pensando en extensiones llanas y mecanizadas, y define quién puede ser considerado agricultor profesional. Territorios tan diferentes como El Montserratí o la Plana de Lleida se ponen en la misma balanza.
La recompensa de cuidar la tierra
A pesar de los obstáculos, ¿qué es lo que más te gusta de este oficio?
Me gusta irme a dormir sabiendo que he hecho algo bueno por el mundo: aquel árbol que he cuidado porque necesitaba una buena poda, o aquel aceite de calidad que hemos elaborado para la gente. Lo que me engancha del campo es que tienes que saber de todo: historia, mecánica, botánica, biología, meteorología, física... Albert, por ejemplo, entiende mucho de física, ¡y siempre sabe hacia dónde caerá la rama de un árbol cuando la podas! Todo este conocimiento es muy práctico. La agricultura me ha enseñado a tener mucha paciencia: no puedes correr más de la cuenta, pero a la vez tienes que estar presente y atenta para actuar en el momento preciso. El campo es paciencia y presencia.
«Me gusta irme a dormir sabiendo que he hecho algo bueno por el mundo» Sara Bascompte
Y hablando de todo este conocimiento que hay que tener... Tú que te dedicas al oleoturismo, ¿hay alguna curiosidad sobre el aceite que quieras compartir?
Organizo catas y a veces la gente me pregunta cuántas veces cosechamos al año. Y me quedo pensando si de verdad no lo saben... Las catas de aceite, sin embargo, no triunfan tanto como las de vino. El aceite es un bien de primera necesidad que no ponemos en valor porque es cotidiano. Si nos preguntan cuál es nuestro alimento preferido, seguro que hablaremos de un plato elaborado, no del aceite, cuando está presente en muchas de nuestras comidas. Pero es cierto que ahora se valora más la alimentación saludable y el aceite se está haciendo un hueco en esta conciencia. Con todo el movimiento del primer aceite, el llamado «aceite de flujo», el Parque Rural del Montserrat está haciendo mucho trabajo para promover el patrimonio oleícola que tenemos en el territorio.
¿Y el vino? ¿Qué os aporta más allá de la producción?
El vino lo asociamos a momentos de algarabía y de comunidad. Un gran amigo siempre dice que tenemos "el seny i la rauxa" (en castellano, la sensatez y la furia): el primero con el aceite y el segundo con el vino. En el movimiento del vino natural, sin aditivos, en Panoli hemos encontrado una comunidad de gente con quien compartir reflexiones sobre agricultura y estrategias a seguir, además de pasarlo bien.
¿Qué dirías a los jóvenes para que quieran dedicarse a la agricultura?
Les diría que este trabajo se tiene que entender como un estilo de vida, porque nunca te harás rico con este oficio... Si es vocacional, si te vinculas, te relaja y ves que forma parte de ti, ¡adelante! Pero si no lo ves así, te hace sentir esclavo y te quita muchas horas. A la juventud le diría que, por favor, lo prueben, que se metan, que nos hacen falta. En lugar de estar en un bar o mirando la televisión, que vengan a la cosecha. ¡Verán lo satisfactorio que es hacerse sus propias aceitunas! Y el mundo del vino es muy chulo y conocerán a un montón de gente joven que hace de agricultor.
Fuente original de la entrevista: Oficina Técnica de Prevención Municipal de Incendios Forestales y Desarrollo Agrario de la Diputación de Barcelona